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Los sentimientos nunca engañan

   /  31/05/2016  /  Comentar

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Los sentimientos son parte de la vida, y no nacen dentro de ti para que tú los encierres bajo siete llaves.

Laura Gallego García

Escritora española

 

 

Mientras el Real Madrid levantaba su undécima copa de Europa en Milán, muchos eran los seguidores del Atlético, que con su corazón roto, no pudieron reprimir sus sentimientos y rompieron a llorar.

Las lágrimas eran la manifestación externa de emociones como la pena, la frustración o el desencanto, o las tres conmociones a un tiempo.

Sin embargo en los rostros de los aficionados del Atletic, en ningún caso se traslucía la rabia o el resentimiento. Las aficiones de ambos equipos son la expansión sociológica de dos eternos rivales que compiten con energía, coraje y pasión por los mismos objetivos, sobre el principio de la consideración y el respeto mutuo.

La final de los campeones de liga, fue un encuentro noble, en el que por parte de los contendientes, brillaron los mejores valores que caracterizan al deporte: el esfuerzo, el sacrificio, el espíritu de superación y sobre todo, el profundo respeto al adversario. Esos son los pilares sobre los que se asienta el legítimo deseo de obtener el triunfo.

No hubo elemento alguno que prostituyera el hecho deportivo, ni mercenarios que se prestasen a ello.

En el terreno de juego estuvieron presentes la vitalidad y la bravura necesarias para conformar ese impulso vital, inherente a cualquier acción apasionada, indispensable para alimentar el ánimo necesario para competir, y el deseo de triunfar.

El ser humano, por naturaleza, es un ser social. Necesita tener un sentido de pertenencia, al clan, a la tribu, a grupos que comparten sus gustos, costumbres y aficiones.

Ahora sabemos que la necesidad de esa pertenencia es un poderosísimo sentimiento generalizado del ser humano, con independencia de su raza, color de piel, cultura, religión o procedencia. Es una necesidad imperativa para no sentirse huérfano, desvalido y desnudo del afecto que todos necesitamos. Y tanto lo necesitamos, que en la Antigüedad, los esclavos eran llamados «muertos vivientes». Eran como fantasmas sin identidad, sombras fugaces, árboles sin raíces separados de la tierra, de su tierra, de su lengua, de sus costumbres y de aquellos que les vieron crecer.

El amor, la compasión, la generosidad, el desasimiento, el bienestar, hablan a los esclavos de hoy, de tierras de promisión que les hacen concebir sueños y esperanzas. Ellos son los llamados a cambiar la faz de la tierra. Son unos ejemplos admirables y a veces terribles, de creación moral, que ponen en pie de guerra o en pie de paz, los sentimientos expansivos, creando así un nuevo horizonte a contemplar por la sociedad.

Hay situaciones en las que el ser humano se ve inmerso en un torbellino afectivo que finalmente desemboca en el cataclismo de las emociones.

Las emociones no son otra cosa que los fuegos sofocados del corazón humano, que como ocurrió en el estadio de San Siro, a veces llegan a tener la fuerza necesaria para convertirse en hogueras. Hogueras finalmente apagadas por las lágrimas.

Malo es si las emociones se apoderan de nosotros y nos dominan, pero mucho peor es el arrancarlas de nuestro interior. Malo si sentimos, peor si nos convertimos en indiferentes, porque los sentimientos son parte de la vida, y no nacen dentro de nosotros para que los encerremos bajo siete llaves.

Al fin y al cabo, los sentimientos son la manifestación más sincera, porque al contrario que las palabras, nunca nos engañan.

César Valdeolmillos Alonso

 

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