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Francia, ¿la última trinchera de la lucha obrera?

   /  05/06/2016  /  Comentar

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Una opinión muy generalizada hoy es la de presentar el triunfo de la globalización y el neoliberalismo como algo inevitable. Pero tal inevitabilidad no fue tal. La acción gubernamental fue clave.

Como señala Paul Mason en Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro, el neoliberalismo fue llevado a la práctica por una serie de políticos visionarios: Pinochet en Chile; Thatcher en Gran Bretaña y Reagan en Estados Unidos. Los tres se enfrentaron sin concesiones a la gran resistencia del sindicalismo obrero, y hartos de tal situación extrajeron la conclusión que impregnaría la etapa posterior: que una economía moderna es incompatible con una clase obrera organizada. Así que decidieron aplastar por completo el sindicalismo, la negociación colectiva, las tradiciones y la cohesión social del obrerismo. Y por supuesto alcanzar la atomización, la división y fragmentación de la clase obrera. El principio rector del neoliberalismo no es el libre mercado, ni la disciplina fiscal, ni la privatización…, ni siquiera la globalización. Todos estos elementos fueron subproductos o armas de su principal empeño: eliminar y dinamitar el obrerismo organizado de la actividad socioeconómica.

Los procedimientos y los ritmos fueron diferentes según los países. Japón hizo los primeros avances en el ámbito de la flexibilidad laboral en la década de 1970 con la introducción del trabajo en grupos en las cadenas de montaje, a través de la negociación salarial individualizada y las sesiones de propaganda impartidas por los directivos en las propias fábricas. Hubo resistencias, a las que se respondió con brutalidad, ya que los cabecillas eran llevados aparte para recibir grandes palizas hasta que se rindieran. El izquierdista japonés Muto Ichiyo, testigo de algunas de estas palizas dijo “Era como si el mundo empresarial fuese inmune a la ley del Estado”.

En 1981, los dirigentes del sindicato estadounidense de controladores aéreos fueron detenidos, encadenados y esposados, exhibidos ante los medios de comunicación y toda la plantilla por organizar la huelga fue despedida.

 

Thatcher se empleó a fondo usando el arsenal paramilitar de la policía para quebrar la huelga de mineros en 1984-85. El 18 de junio de 1984, hasta 6.000 mineros trataron de bloquear una coquería en Orgreave, al sur de Yorkshire; se encontraron con cientos de policías, muchos a caballo, llegados de diez condados de toda Gran Bretaña, que cargaron sin contemplaciones. No ha habido mayor asalto a la clase obrera británica que el doble ataque de Thatcher a la industria y los sindicatos. En el centro de esta cruzada había un intento programado de desmantelar los valores, instituciones e industrias tradicionales de la clase trabajadora. Como señala Owen Jones en CHAVS La demonización de la clase obrera, el objetivo era acabar con la clase obrera como fuerza política y económica de la sociedad, reemplazándola por un conjunto de individuos o emprendedores que compiten a muerte entre sí. En definitiva el paso por el gobierno de Margaret Thatcher supuso un asalto brutal a los pilares de la clase obrera. Sus instituciones, como los sindicatos y las viviendas de protección oficial fueron desmanteladas; se liquidaron sus industrias, de las manufacturas a las minas; sus comunidades quedaron destrozadas y nunca más se recuperaron; y sus valores, como la solidaridad y la aspiración colectiva fueron barridos en aras a un brutal individualismo; sembró la idea de que Inglaterra era un país de clase media, a la que todo el mundo podía acceder, quien no lo conseguía era por su incapacidad e ineptitud. Tony Blair, discípulo aventajado de la Dama de Hierro, también lo creyó y lo asumió, ya que es frase suya siendo todavía líder laborista “Todos somos clase media”.

Alemania, en cambio, se resistió a la introducción de las reformas laborales hasta los inicios de la primera década del siglo XXI, y prefirió servirse hasta entonces de una población trabajadora inmigrante empleada en puestos poco cualificados del sector servicios y de la construcción, que convivió con el paternalista mundo de las cadenas de montaje de las fábricas. Por eso, The Economist la calificó del enfermo del euro, criticando en fecha tardía de 1999 su hinchado Estado de bienestar y sus costes laborales excesivos. Tanto lo primero como los segundos fueron remediados aplicando las reformas laborales propuestas en el informe Hartz II (2003), que han provocado una sociedad muy desigual.

En España cada reforma laboral-especialmente la aprobada en 2012, que el propio Gobierno del PP la calificó de “extremadamente agresiva”, ha sido un paso cada vez mayor hacia el deterioro de las condiciones de los trabajadores. Con anterioridad, iniciado el proceso, los sindicatos fueron suficientemente domesticados. A todo ello cabe sumar los recortes de esta última legislatura que han provocado un grave quebranto a nuestro Estado de bienestar. Pero todavía no tienen bastante estos auténticos desalmados. El presidente de la CEOE, Juan Rosell, acaba de afirmar que el trabajo “fijo y seguro” es “un concepto del siglo XIX, ya que en el futuro habrá que “ganárselo todos los días”. El gobernador del Banco de España, Luis María Linde, en la presentación del informe anual reclama que se reduzca la excesiva protección de los trabajadores indefinidos con tal de evitar que los empresarios acaben abusando de la contratación temporal y la reducción salarial.

Pero el mayor éxito de la ofensiva antiobrera y antisindical se plasma a un nivel moral y cultural. Por ello, desde hace décadas se está produciendo una crisis sindical, probablemente al encontrarse en una situación a la defensiva en un contexto de hegemonía del poder empresarial. Esta crisis, según el sociólogo y profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona Josep María Antentas se manifiesta en unos datos objetivos: el descenso del número de afiliados; la falta de participación interna de los afiliados en la vida de los sindicatos; la reducción de la conflictividad laboral; una crisis de función debido a los procesos de individualización de las relaciones laborales que cortocircuitan a los sindicatos; menos influencia social, aunque sí que tienen una mayor presencia institucional; agotamiento del discurso y la práctica sindical, para dar respuestas claras y efectivas a los retos de las políticas neoliberales.

La situación hasta ahora descrita es clara y manifiesta. No obstante, todavía la clase obrera en algunos lugares se resiste a la claudicación. Es el caso de la Francia actual. Si queremos salir de este laberinto es imprescindible un frente político y sindical común de la gran mayoría a nivel europeo. Yannis Varufakis apunta que sin una Francia rebelde y despierta, no habrá cambio en Europa. La Historia enseña. Los grandes cambios políticos han surgido en el país galo: Revolución Francesa, la Comuna, Mayo del 68…

Sorprende que el movimiento Nuit Debout (ND) (Noche de pie) haya irrumpido  cinco años después de los indignados españoles, los Occupy Wall Street de Nueva York, o la primavera árabe del 2011. Tal retraso puede radicar en que la izquierda francesa en las elecciones presidenciales del 2012 todavía confiaba en el partido socialista. Hoy, su credibilidad ha desaparecido totalmente.

Los grandes incendios se inician con una chispa, pero es necesaria la acumulación de material inflamable. El material es mucho, y la chispa ha sido el proyecto de la ley laboral El Khomri –del apellido de la ministra de Trabajo– que pretende reforzar el poder del capital y precarizar todavía más el mundo laboral, que desde marzo desencadenó grandes protestas de los trabajadores a los que se unieron los estudiantes. Rancière explica el objetivo de la ley: “Los gobernantes no sólo quieren que el trabajo sea más barato. Quieren que deje de ser lo que fue por casi dos siglos: espacio de lucha y poder común. De una ley a otra no sólo producen ‘instrumentos de poder’, sino también ‘de resignación’, haciéndonos creer que luchar no sirve y el mundo en que vivimos es el que merecemos”.

También ha contribuido al estallido social el documental Merci patron (2015) –sobre ex trabajadores de una multinacional francesa (LVMH) que tras su despido ganan la batalla a su antiguo patrón–, que a finales de febrero animó un debate y dio a luz la idea fundacional del movimiento: “la mejor manera de meter miedo a los de arriba es no irse a casa después de la manifestación, sino ‘pasar la noche de pie”. Para que cambie la situación, el miedo deben tenerlo las clases dominantes. Ha sido una constante histórica. Para Josep Fontana. “Las clases dominantes han vivido siempre con fantasmas: los jacobinos, los carbonarios, los masones, los anarquistas, los comunistas. Eran amenazas fantasmales, pero los miedos eran reales. Con esos miedos los trabajadores obtuvieron de los gobiernos concesiones, y así mantuvieron el orden social. Bismarck fue el primero en introducir los seguros sociales en Europa para combatir al socialismo. Tras la II Guerra Mundial el miedo al comunismo de la Europa oriental propició que en occidente se implantase el Estado del bienestar. Con ingenuidad interiorizamos que el progreso iniciado con la Ilustración y la Revolución francesa sería sempiterno. Craso error. Arrumbado el comunismo, los poderosos hoy, ¿a quién temen?.

Según el periodista polaco Maciek Wisniewski en el extraordinario  artículo Nuit Debout, el capitalismo y la ideología, lo más notable del movimiento ND es su esfuerzo de volver a hablar de los conflictos a partir de sus auténticas causas económicas, sociales y políticas, como al inicio de la crisis, pero que quedó eclipsado por la contraofensiva reaccionaria que sirviéndose de los atentados terroristas y de la crisis de los refugiados; y fomentando los discursos de islamofobia y terror, pretendía estabilizar al sistema. Este esfuerzo es destacable al producirse en el aún vigente estado de excepción instaurado tras los atentados yihadistas en París, algo que no le impidió desafiar las narrativas de guerra y miedo, desplazar al islam radical como el enemigo principal y criticar al capitalismo, poniendo nerviosa a la burguesía francesa.

Desde el principio, el movimiento fue víctima de un apagón informativo: algunos de los grandes medios no le dieron ninguna cobertura. El contraataque ideológico no se hizo esperar: Alain Finkielkraut, principal filósofo de la derecha –tras ser abucheado y expulsado de una de sus reuniones acusó a ND de “querer matar el espíritu del ‘11 de enero’” (fecha de la gran marcha encabezada por Hollande tras los ataques a Charlie Hebdo).  La unión nacional fue un intento de resucitar la lógica de union sacrée –tregua política durante la Primera Guerra, en que la izquierda (con la excepción de Jean Jaurès) cerró filas con el gobierno en nombre del patriotismo. El movimiento ND no ha mordido el anzuelo del fantasma del patriotismo.

Recurriendo de nuevo a Wisniewski, Walter Benjamin dijo que el capitalismo nos durmió y que para entender lo que nos pasa necesitamos despertarnos. En sentido contrario, Jonathan Crary argumenta que la expansión del capitalismo en el siglo XXI destruyó el sueño –para trabajar/producir/consumir más– y que el sueño es subversivo e incompatible con el capitalismo. ND reúne ambos enfoques: por un lado llama a despertar y recuperar el insomnio como herramienta de concienciación, algo que resonó en palabras de Frédèric Lordon en su primera asamblea: ¡Gracias El Khomri, Valls y Hollande, gracias! ¡Gracias por despertarnos de nuestro sueño político…!; por otro, su principal lema [g]rêve générale (huelga general), es un juego de palabras que significa también sueño universal (¡para hacer la revolución hay que soñar!).

Lo que se está dilucidando en estos momentos en Francia según Gregorio Morán en su  extraordinario artículo Lecciones de Francia, es liquidar a los sindicatos como organizaciones y reducirlos, en el mejor de los casos, a unos representantes limitados a las empresas. Lo más inquietante de la reforma francesa está en eliminar lo general, es decir, las clases sociales reivindica­tivas para reducirlas a los ­empleados de empresas privadas. No han tenido bastante con la erosión permanente de las clases medias –en España se calcula la bajada social en tres millones de familias y sigue el jijijijajaja– para ahora liquidar los restos de la historia obrera.

No sé si en España somos conscientes de la trascendencia de los acontecimientos actuales en el país galo. Intuyo que no. Todavía hay muchos trabajadores españoles que culpan a los sindicatos de su situación. Inconcebible. Deberíamos estar muy atentos a lo que pasa en Francia. Nos va mucho en juego. Como sea triturado este movimiento francés frente a la reforma laboral, el camino estará expedito para que sigan sembrando más miseria, más pobreza y más explotación en la mayoría de la población. No les temblará el pulso. Son insaciables e inhumanos.

Cándido Marquesán Millán

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