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¿Pueden las palabras cambiar la realidad?

   /  12/06/2016  /  Comentar

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Juan Carlos Monedero en El gobierno de las palabras. Política para tiempos de confusión señala que en los primeros párrafos del Génesis Dios y Adán se repartieron sin mayor discusión los nombres de las cosas, lo que suponía además del reconocimiento de su existencia, el de su apropiación. Quien nombra, al fin y al cabo, manda y al nombrar, hace valer su interpretación de las cosas. Y esa interpretación, por lo común, beneficia a quien la hace. Nombrar es hacer política: obliga al colectivo que escucha esos nombres a interpretar la realidad de una manera determinada. De ahí el interés por parte del Poder de nombrar las cosas para apropiarse de ellas o para frenar su fuerza emancipadora. Los que ejercen la dominación han usado la enorme fuerza de las palabras para convencer y orientar nuestro comportamiento. Nos pone Monedero, jugosos ejemplos. Tras la desaparición de la RDA y su disolución en la Alemania occidental, los niños cambiaron su cartilla escolar, que se llamaba nuestro primer libro por el de mi primer libro, primer paso de la incorporación al capitalismo. El ejército norteamericano oculta las muertes de sus guerras con el subterfugio de daños colaterales. Las rebajas de impuestos a los ricos, las denominó la Administración Bush como “alivio fiscal”, lo que convertía al Estado en delincuente y a los ricos en víctimas. Las autoridades de los Estados Unidos se refieren a “procedimientos de facilitación de ulterior información”, para evitar la palabra “tortura”. El Vaticano a la pederastia, la denomina “traición a la gracia del Orden sagrado”. La lista es interminable.

Si nos fijamos en nuestro Estado español, nos han familiarizado con una determinada terminología, con una finalidad clara de ocultar la realidad. A todo un conjunto de decisiones políticas, todas unidireccionales, ya que suponen daños durísimos a la mayoría de los españoles, se las enmascara bajo el epígrafe de “reformas estructurales”, donde caben desde una reforma laboral que dinamita todos los derechos socio-laborales, a la Ley mordaza que es un ataque brutal a los derechos fundamentales. Cuando escuches de que hay que llevar a cabo “reformas estructurales”, un amigo me decía, que ya puedes darte por jodido. A veces algunas denominaciones son tan ridículas que suponen un auténtico insulto a la inteligencia de los españoles. A la amnistía fiscal, a la que se acogieron muchos patriotas de postín, desde el ministerio de Cristóbal Montoro se la denominó “Proceso de regulación de activos tóxicos”. A los brutales ataques a los servicios públicos puestos en marcha por Dolores de Cospedal, en Castilla la Mancha, “Plan de Garantía de los Servicios Sociales Básicos”. Según Emmanuel Lizcano, así, nos imponen sutilmente descripciones de la realidad, bloquean otras posibles miradas y suscitan sentimientos de miedo e impotencia. Nos mantienen dormidos. Los españoles deberíamos estar prestos y atentos en descubrir todos estos engaños camuflados en las palabras usadas desde los poderes públicos. Por ello, es totalmente imprescindible, recuperar el lenguaje en su potencialidad emancipadora. Según Emilio Lledó, “si nos acostumbramos a ser inconformistas con las palabras acabaremos siendo inconformistas con los hechos”.

Quiero fijarme finalmente y extenderme con cierta amplitud, lo que está plenamente justificado, en una palabra que se ha popularizado en nuestro lenguaje político, y que es todo un paradigma de la tesis expuesta hasta ahora: los que ejercen la dominación han usado la enorme fuerza de las palabras para convencer y orientar nuestro comportamiento.

En el panorama político español estamos observando últimamente que, para descalificar a determinadas opciones políticas presentadas como amenazas al sistema democrático, se usa y se abusa del término “populismo”, dando por hecho que todos conocen perfectamente su significado. Lo usan a modo de muletilla muchos dirigentes políticos, conspicuos tertulianos y gran parte de la ciudadanía. Está de moda. Cuando desconozco o no tengo claro el significado de un término recurro al Diccionario de la lengua española de la RAE. Mas en esta ocasión mi pretensión ha sido inútil, ya que “populismo” no está registrado. Y   no está, porque los expertos en ciencias sociales no se han puesto de acuerdo en su significado.

Marco D´Eramo en el artículo El populismo y la nueva oligarquía publicado en New Left Review en agosto de 2013, señala que los científicos políticos llevan como mínimo 50 años debatiendo sobre el tema. En una conferencia en la London School of Economics en 1967, el historiador estadounidense Richard Hofstadter decía «Todo el mundo habla de populismo, pero nadie sabe definirlo». A veces la discusión era cómica. Margaret Canovan enumeraba 7 formas de populismo, Peter Wiles citaba 24 características definitorias, y en la segunda mitad de su intervención trataba de las excepciones (movimientos populistas a los que no se aplicaban tales características).

Los movimientos populistas, según P. Wiles son numerosos, entre ellos: en el siglo XVII los levellers (niveladores), en el XIX cartistas y narodniki; en el XX, el de Gandhi en la India, el Sinn Féin en Irlanda, el PRI de Cárdenas, y el socialismo de Nyerere. Otros añaden el nasserismo, peronismo en Argentina, el PT en Brasil y el de Chávez. Ernesto Laclau incluye el kemalismo de Atatürk en Turquía, el gaullismo en Francia y la Liga Norte de Italia, o el de Berlusconi. Obviamente también el fascismo mussoliniano. Y hoy el Movimiento 5 Estrellas de Grillo y el Tea Party. Y el último en llegar Podemos. En definitiva, como “populista” se ha ido aplicando a muchos movimientos políticos, se ha convertido conceptualmente indefinible.

Otra opción es asumir la vaguedad del término y considerar su esencia contradictoria, lo que la define. Para Laclau “no se muestra como una constelación fija, sino como una serie de recursos discursivos susceptibles de usarse en los modos más diversos”. Esta idea circunscrita a una cierta retórica, es atractiva, pero se mantiene la indefinición terminológica.

Hay otra visión, que parte de que populismo no es nunca una autodefinición: nadie se declara populista, te lo llaman tus enemigos políticos. Por tanto, si nadie se autoproclama populista, entonces el término dice mucho más del que lo emite que de quien es simplemente insultado. La noción de populismo sirve para identificar y caracterizar a las facciones políticas que tachan a sus adversarios de populismo. Esta visión permite una aproximación temporal del término, porque no siempre se ha hablado de populismo, ni siempre se ha hablado de él como hoy. Hasta después de la II Guerra Mundial, muchos partidos se enorgullecían de llamarse populistas, al ser lo mismo que popular. A partir de década de los 50, el registro del discurso cambia de pleno. La categoría de “pueblo” pierde su lugar central en la política. Este hecho se debió sobre todo a la Guerra Fría, en la que Occidente se apropió de la palabra “libertad”, y se definía como el “mundo libre”. Mientras el bloque soviético hizo lo propio con la de “popular”, de ahí “democracias populares”. Por ello “popular” y las referencias al pueblo fueron innombrables en el Oeste, ya que remitían al Este. En Occidente el término “pueblo” fue relegado del discurso político. Y comenzó a usarse entonces populismo de una manera sistemática con una carácter muy negativo, vinculándolo con los totalitarismos, tanto fascismo como estalinismo. Político populista es el que invoca, halaga y agita al pueblo nunca nombrado, pero desacreditado por todas las características negativas milenarias de primitivismo, descontrol y desmesura.

Hoy con un gobierno oligárquico, quien tiene la osadía de oponerse a las políticas antipopulares, los correveidiles de esa oligarquía le acusan de populista. Mientras están eviscerando la democracia, acusan de pulsiones autoritarias a los que quieren regenerarla. Pero el uso excesivo de populismo por parte de ellos manifiesta una inquietud y culpa claras. Es como el cónyuge adúltero que sospecha cada día más de su pareja: resulta que quien más atenta contra la democracia es quien la ve amenazada por todas partes.

Hay otras visiones positivas de populismo. Laclau, en La razón populista, lo piensa no como una forma degradada de la democracia sino como un tipo de gobierno que amplia las bases democráticas de la sociedad. “No tiene un contenido específico, es una forma de pensar las identidades sociales, un modo de articular demandas dispersas, una manera de construir lo político.” La crítica clásica al populismo está ligada a una concepción tecnocrática del poder. Cuando las masas se lanzan a la arena política, lo hacen a través de la identificación con cierto líder (Chávez, Evo, Correa..), y ese es un liderazgo democrático porque, sin esa identificación con el líder, esas masas no estarían participando dentro del sistema político y este seguiría estando en manos de elites que suplantan la voluntad popular.

 

Cándido Marquesán Millán

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