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El mercado como religión

   /  16/01/2017  /  Comentar

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Estremece pensar que muchos de los dirigentes actuales son auténticos psicópatas al basar sus actuaciones políticas en unos valores, que envilecen al ser humano.

La  convicción de que el mercado es justo, ya que premia a los mejores, uno de las ideas básicas del neoliberalismo, llega al paroxismo en la obra de Ayn Rand, la cual ni es original ni tiene hondura intelectual, mas ha gozado de gran popularidad en las últimas décadas del XX y en el XXI.

Fue un personaje pintoresco de los años 40 y 50, autora de novelas, entre ellas 2 muy populares: El manantial (1943) y La rebelión de Atlas (1957). Juntando varias ideas desordenadas, forjó una “pseudofilosofía”,  a la que llamó “objetivismo”, que en lo fundamental es una racionalización de la propaganda empresarial contra la New Deal de Roosevelt.

El objetivismo no es un sistema filosófico, sino una amalgama de afirmaciones dogmáticas de una ingenuidad sorprendente. Su fundamento se basa: el mundo existe objetivamente, solo la ciencia permite conocerlo, y la vida es el fundamento de todo valor. A partir  de esto, Ayn  tiene explicaciones para todo: sexualidad, psicología… Lo más popular es su concepción de la moral, basada en el egoísmo como valor absoluto, y a la vez el desprecio del altruismo, como causa de todos los males. En la práctica, el egoísmo es el motor del mercado y el altruismo aparece en las regulaciones, en la burocracia y en la redistribución de la riqueza.

El más famoso de sus libros, el más importante también, objeto de veneración para los miembros de su secta, es La rebelión de Atlas. El argumento muy simple. La sociedad norteamericana ha caído en manos de una colección de parásitos y saqueadores, los altruistas: burócratas, políticos, sindicalistas, que exprimen a los creativos, es decir, a los empresarios. Literalmente los torturan para conocer sus secretos y robarles sus ideas. Encabezados por un personaje de opereta, Jhon Galt, empresario, aventurero, científico, ingeniero y hombre de acción, los empresarios deciden retirarse a un valle de las Montañas Rocosas, Galt´s Gulch, donde se vuelcan a disfrutar de su creatividad mientras el mundo de los parásitos se hunde, falto de creatividad. En resumen, es un panfleto de 1.200 páginas, por partes iguales  una exaltación del egoísmo y de desprecio del mundo tal como es.

La secta se reunía cotidianamente en el apartamento de Ayn para escuchar sus disertaciones y para gozar la sensación de estar entre los elegidos. Vivían en un mundo alternativo y de caricatura, como el de La rebelión de Atlas. La regla incuestionable: lo que dijera Ayn era la racionalidad, la verdad, la objetividad. Disentir era irracional. Ayn era el ser más perfecto, la cumbre de la sabiduría, y sus novelas obras maestras de la literatura universal. Una regla de la secta era que solo podían mantener relaciones sexuales con quienes fueran iguales intelectualmente y compartieran sus ideas. Y, por supuesto, ella eligió a su amante entre los fieles: Nathaniel Branden, diez años más joven, persuadiendo a su marido y a la mujer de Branden, de que esto era lo racional. Como sucede en las sectas, hubo expulsiones, juicios, herejías. Branden fue expulsado al tener otra amante.

Ayn evitó siempre discusiones, y no admitió que se cuestionaran sus ideas. En ese ambiente de invernadero intelectual el grupo prohijó una variada colección de charlatanes, del tipo de Peikoff y Branden, gurús de la persuasión subliminal, como Roger Callaham y Lee Shulman. En este ambiente maduró también Alan Greenspan, el más exitoso de los discípulos de Ayn, ya que fue presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos de 1987 a 2006 y principal arquitecto de la desregulación financiera de Wall Street.

El gran apogeo de la secta fue en los años 60. Mas su obra, sus ideas, retornaron espectacularmente en los 80. El presidente Reagan la invitó a la Casa Blanca para rendirle un homenaje. Poco después de su muerte, en 1985, Leonard Peikoff fundó el Ayn Rand Institute con un presupuesto anual de 1,8 millones de dólares, que se dedica a patrocinar clubs universitarios dedicados a estudiar la obra de Ayn. A partir de entonces, sus libros han sido vendidos constantemente con cientos de miles anuales.

Es dudoso que haya devotos de Ayn como los hubo cuando existió la secta. Mas su popularidad es evidente. La defensa incondicional del egoísmo tiene mucho que ver con los tiempos actuales. La dureza y la insolidaridad son virtudes básicas del credo de Ayn, y la compasión un defecto, especialmente la institucionalizada desde el Estado. Sus planteamientos sirven de fundamento del neoliberalismo en su versión más cruda y descarnada. Los ganadores, los que han tenido éxito, los ricos son los mejores, y hacen muy bien en olvidarse de los fracasados.

Sigue estando presente su obra, no es marginal. El Saxo Bank de Dinamarca para la formación de sus empleados tiene como base las Siete Virtudes de Ayn, y ha regalado 15.000 ejemplares de sus libros. Desde 2012, el Adam Smith Institute organiza y patrocina una Conferencia Anual Ayn Rand, para mantener  vivas sus ideas, en la que hablan ejecutivos de empresas, que anuncian la próxima rebelión de Atlas. Y la organización que vincula las fundaciones y centros de estudios neoliberales, la Atlas Fundation, debe su nombre a la novela de Ayn. De ella forma parte FAES.

Cándido Marquesán Millán

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