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A vueltas con nuestra democracia

   /  25/10/2017  /  Comentar

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Unas modestas reflexiones sobre el poder y las leyes

Aunque se dice que la democracia la inventaron los griegos, lo cierto es que solo hará unos doscientos años que comenzó a instaurarse en el mundo occidental, aunque de forma bastante imperfecta.

En cualquier conjunto humano se plantea siempre la cuestión del poder, ¿quién manda aquí?. Durante siglos fueron los reyes los que, amparándose en una sanción divina, tuvieron el poder de mandar y el resto de la gente súbditos cuya obligación era obedecer. Claro que esta obediencia fue poco a poco variando, en unos países más que en otros. Los súbditos buscaron la forma de hacerse oír, aunque no todos,  pues las relaciones de poder establecían clases sociales con límites bastante fuertes.

En la Grecia del siglo V a C. su famosa democracia, el poder del pueblo, no entendía por pueblo más que determinadas clases y aunque se dice que el sistema democrático puso freno a la tiranía, lo cierto es que no duró demasiado y volvieron tiranos y dictadores, reyes y aristócratas.

Cuando en Occidente el pueblo se organizó frente al derecho divino de los reyes, retomaron la viejísima idea de la democracia griega y consiguieron, en algunos casos, establecer un embrión de parlamentos, que en ocasiones solo sirvieron para dar cobertura legal a la imposición de cargas y gravámenes a los ciudadanos.

Aunque el parlamento británico siguió un proceso largo y eficaz de representación del pueblo, diferenciando a los nobles del resto, en parte de Europa se comenzó a hablar de democracia desde la revolución francesa, pero de forma intermitente a lo largo del siglo XIX, un siglo esencialmente convulso y revolucionario.

El sufrago universal no llegó a imponerse hasta fechas bastantes recientes. El voto se ejercía por los varones con determinada renta y las mujeres no tuvieron voto hasta tiempos bien recientes.

De todos modos un sistema en el que el poder pudiera cambiar de titular sin recurrir a la fuerza, fue un avance importante, aunque no exento de adulteraciones, trampas y engaños.

Lo mismo que en toda sociedad se planteó siempre quién manda, también se planteó la necesidad de una ley básica que regulara los derechos y deberes de los ciudadanos y el funcionamiento del sistema: la Constitución. Si tal constitución es la norma suprema de convivencia resulta imprescindible su acatamiento, sin perjuicio de posibles modificaciones realizadas de acuerdo con la misma.

También la constitución determina que la forma en que se accede al poder y se pueden aprobar o derogar leyes, es a través del juego de mayorías y minorías que no deja de plantear serios problemas. Los parlamentarios, convertidos en legisladores, ¿pueden imponer su voluntad si cuentan con la mayoría 51%, al otro 49%? aunque para alcanzar la mayoría hayan tenido que comprar votos de partidos llamados bisagra y las leyes que se aprueben no tengan mucho que ver con los programas que presentaron los partidos para pedir nuestro voto. Es, a mi juicio, una flagrante corrupción que sería necesario depurar.

Si nuestro sistema democrático, que solo tiene un rodaje de menos de cincuenta años, ha representado un avance, es necesario que produzca también políticos que sepan ver, por encima de sus intereses partidarios, el interés general de la nación y evitar que ningunos aventureros quieran deshacer lo conseguido.

Francisco Rodríguez Barragán

 

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